miércoles, 22 de marzo de 2017

EL TRIUNFO DE LA PALABRA VERDADERA

     El piano, vestido con todas sus mejores galas, va desgranando las imponentes notas del concierto para piano y orquesta, nº 1 de Tchaiskovsky, a su alrededor escuchan los versos sorprendidos por la belleza que surge de sus acordes. La fuerza es imponente, la pasión inunda toda la sala en la que el hombre piensa tan sólo en sus intereses, maquina su estrategia para arrebatar a su prójimo el sueño que él, por la incapacidad de ver más allá de sus narices, se niega a aceptar la ofensa del destino. 

     Se cree superior a todos, no tienen ningún derecho a poseer algo que él no puede conseguir. En sus esquemas no entra la posibilidad de que nadie tenga más que él, es el único que puede hacer y deshacer, los otros han de agradecerle sus esfuerzos por allanarles el camino, por ahuyentar a los fantasmas e impedir que les robe las ilusiones. Eso sólo puede hacerlo él, nadie más.

     El piano continúa llenando la gran sala del mundo de una pasión desbordante. Sin embargo, la furia de sus palabras no consigue ablandar la actitud de aquel pobre hombre que no se inmuta, su soberbia es implacable. Su arrogancia desafiante ignora tanta belleza, se aferra con desgana a una mano fría, una compañera de papel a la que puede ultrajar cuando le venga en gana, es de su propiedad, su concubina. Ésta llora, las notas del piano le acaricia el corazón incomprendido, desea huir, alejarse de aquel déspota que tal sólo la exhibe como un mero triunfo, una simple joya que, cualquier día, podrá canjear por otra mucho mejor.

     Las hermosas notas vagan sin cesar entre tantos corazones afligidos por lo que ocurre en el mundo, por las lágrimas de los corazones sencillos, por los seres que se aman, ayudándose entre ellos sin esperar nada a cambio, luchan juntos contra aquel déspota y otros semejantes que pretenden robarles las esperanzas, los sueños.

     Los poetas, perdidos en un rincón apartado, entre palabras enloquecidas y versos recién nacidos comparten poemas, se intercambian estrofas de amor, sus copas chocan, sin cesar, para celebrar que sobreviven a tantas catástrofes. Huyen de cuantos desean acallar su voz para siempre, escapan de tantas promesas corrompidas, no se fían de las manos tendidas que no piden nada a cambio. Permanecen unidos en torno a la mesa de la concordia, sus copas no dejan de chocar, brindan por la vida y escuchan, con suma atención, la bella sinfonía, les invoca otro mundo más humano, donde el hombre confiaba en su prójimo y las palabras no ocultaban significados extraños.

     Ellos, los poetas, los soñadores eternos, los enamorados de la vida están en sus cosas. Se han cansado de gritar, para qué? Se ríen de ellos. Qué sabrán? Que se dediquen a sus cursilerías, afirman voces rencorosas que se esconden en el anonimato más despreciable. Sin embargo, ellos continúan ahí, sentados alrededor de su mesas de palabras compartidas, palabras eternas, diáfanas, palabras que, cada madrugada, dibujan sencillos poema de amor o textos en los que exponen toda la filosofía vital para comprender a las estrellas. Sus cuartillas se van llenando de extraños signos que esos seres tan despreciables nunca comprenderán, ellos jamás podrán conseguir el inmenso tesoro de sus corazones porque con su dinero no podrán apreciar la nostalgia del otoño ni describir la dicha del amanecer.

     El piano estalla de emoción al comprobar cómo la humanidad se cubre de bellos poemas de amor que esos déspotas miserables no pueden soportar. Han ganado los poetas, ha triunfado la palabra verdadera.

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