lunes, 9 de enero de 2017

MI SOMBRA HUYÓ

     Era una rencorosa, una estúpida rencorosa que me abandonó llevándose lo más preciado para mí, las palabras. Sabía perfectamente, que sin ellas no podría continuar la senda marcada, mis poemas se descomponían en la ingrata soledad del abandono. Del interior de los cajones donde cuidaba, con mimo, aquellos versos más delicados, mis historias más amadas que deseaban emprender el mágico vuelo de la locura y abandonar, para siempre, los miedos en la noche y las lágrimas de la madrugada ausente, surgían gritos desesperados que se ahogaban en el silencio definitivo.

     Mi sombra huyó mientras procuraba hallar el sueño de mi vida, el sentido exacto de mi existencia, una existencia llena de algún sinsabor amargo, doloroso, pero siempre habíamos compartido grandes esperanzas y desentrañados íntimos secretos que nadie podía suponer.

ME RESISTO

     Cada atardecer siento las caricias de la melancolía por todo mi cuerpo. La soledad, ya envejecida por el paso del tiempo, me obliga a humillarme ante la blancura de la cuartilla imposible, en muchas ocasiones, lejana, ausente. Su soberbia me empuja a las profundidades del caos más absoluto.

     Me resisto, trato de escapar de los complejos absurdos que no me permitieron continuar tras las huellas de sueños inalcanzables. Grito como un loco tratando de mantener firmes y seguros mis débiles pasos. Necesito romper el silencio de las olas y sumergirme, aunque fuera muy lentamente, en los paraísos soñados, su luminosidad me entrega cada amanecer las esperanzas que brillan en el horizonte. Era preciso no perder la estela de aquellos sueños que sólo a mí pertenecían, nadie me puede impedir llegar y saborear de la última copa del atardecer. El destino, impaciente, me está aguardando hace demasiado tiempo.